martes, 30 de diciembre de 2008

Las Ranas de mi suegra

Cada vez que paso el portón de su casa, que está en los linderos de Asunción antes de llegar a Mariano Roque Alonso, me reciben con la misma imperturbada sonrisa de siempre, haga frío o calor, llueva a cántaros o el sol derrita hasta los pensamientos, ellos siempre están sonriendo.


Como si fuera la constelación del Centauro, están siempre juntos, inmóviles,

 verdes y con ojazos que más de una vez arrancaron algún que otro temor.  Aunque su origen me es desconocido pues, nunca me tomé la molestia de preguntar a mi suegra si fue un regalo o lo compró, me imagino que no vinieron de un perdido taller de cerámica aregüeño creados en serie y pintados

 pobremente para ser puestos a la venta a la ruta, bajo el calcinante calor de verano esperando por un padre adoptivo de batracios de barro que lo volverá a colocar en la esquina más olvidada de su jardín, sino más bien proceden de un país llamado Yu´ilandia, el país de las ranas hospitalarias, donde cada ciudadano tiene la misión de recibir con una sonrisa a todos los visitantes de su país.


Todos los yu´is machos deben usar corbatas y las yu´is hembras sombrero, (no en el sentido extra matrimonial que todos los paraguayos asocian con esa prenda para la cabeza) siempre deben estar juntos y con unos ojos apropiadamente dotados de mayor tamaño, proceder al escaneo de los extranjeros que traspasan los umbrales del portón que lo separa del mundanal ajetreo que convierte a las personas en seres sin sonrisas y sin ese deseo tan bien arraigado en el interior del país de saludar a las personas.

Las ranas (conviene aclarar, por si algún lector no sea paraguayo, que en guaraní rana es “yu´í”) en esa casa me hacen pensar en cuantas personas traspasaron las fronteras de sus dominios y trataron de borrar con su mala onda su primordial tarea de recibir felices a la gente, por suerte para esos casos difíciles de conversión anímica cuenta con sus ayudantes, en la sala un pequeño guardián, en la cocina otro sereno, sobre la mesa de trabajo 3 sequitos, por la puerta un pequeño acólito de sonrisas y en su auto un montón de ayudantes que mantienen a raya a los extranjeros malhumorados.

Las ranas de mi suegra son una muestra palpable que nuestro estado de ánimo radica muchas veces en cómo nos las ingeniamos para crear un mundo lleno de buena onda a partir de objetos, cosas o lo que sea y nos sumergimos en esa Atlántida de alegría que tanto buscan.

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